El día que aprendí a volver a disfrutar
Aquel 15 de mayo de 2024 toqué fondo. Sentí que el mundo se me venía abajo una vez más. Estaba decepcionada conmigo misma porque, de nuevo, no había sido capaz de demostrar todo el trabajo que había detrás. Sentía que había fallado a todas las personas que habían confiado en mí y que habían estado a mi lado durante el proceso.
No quería saber nada de nadie. Me encerré en mi habitación, sin ganas de hablar, sin fuerzas para seguir. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba atravesando una depresión. Necesitaba ayuda. No quería renunciar a mi deporte, porque siempre había sido una parte fundamental de mi vida, pero tampoco podía seguir así.
Entonces apareció mi ángel de la guarda. La persona que me tendió la mano cuando más lo necesitaba y me ayudó a salir de aquel agujero.
No fue un proceso fácil. Lloré, reí, me emocioné y pasé por momentos muy duros. Tuve que volver a revivir aquel pase que tanto me había marcado para poder cerrar una etapa de mi vida. En ese momento no lo entendía, pero hoy puedo decir que fue una de las mejores decisiones que he tomado.
Porque, aunque desde fuera parezca que estamos bien, todos necesitamos hablar, desahogarnos y sentir que alguien nos escucha y nos entiende.
La autocrítica y la autoexigencia fueron mis mayores rivales. Muchas veces nuestra propia mente puede convertirse en el peor enemigo y pasarnos factura. Aprendí que cuidar la salud mental es tan importante como entrenar el cuerpo.
Poco a poco empecé a ver la luz. Fueron muchos entrenamientos, mucho trabajo, pero sobre todo mucho trabajo mental. Contar con un equipo que supo acompañarme y guiarme por el camino correcto marcó la diferencia.
Dos años después de todo ese proceso, puedo decir que vuelvo a disfrutar de mi deporte. Disfruto de cada pase, de cada entrenamiento, de cada competición y de cada momento. Nunca imaginé que volvería a sentirme así.
Y cuando menos me lo esperaba, llegó la recompensa. Pero la verdadera recompensa no fue un resultado ni una medalla. Fue descubrir que, cuando tu mente está en paz, todo cambia. Aprendes que el miedo no puede dirigir tu vida y que solo cuando dejas de competir contra ti misma empiezas a disfrutar de verdad.
Si hoy comparto mi historia es porque quiero recordar que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino un acto de valentía. Todos podemos caer, pero también todos podemos volver a levantarnos. Y, aunque el camino sea largo, siempre merece la pena luchar por volver a ser uno mismo.